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Entre la democracia y la apertura: cuando el lenguaje ya no une, sino que excluye

  • Foto del escritor: Anja Witter
    Anja Witter
  • hace 6 días
  • 2 min de lectura

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Siluetas difuminadas tras un cristal y superficies luminosas como símbolo del lenguaje, la percepción y la distancia social.
Entre el lenguaje y la percepción suelen surgir finas fronteras.

La apertura suena sencilla a primera vista.


A democracia.

A diversidad.

A intercambio.


Pero el lenguaje cambia.


Las palabras que deberían unir empiezan cada vez más a excluir.


A las personas se las clasifica más rápidamente.

No por su comportamiento ni por sus argumentos.

Sino por las etiquetas que se les atribuyen.

 

Quizás la exclusión social no se inicia de forma ruidosa.

No se nota de inmediato.


Sino justo allí donde el lenguaje pierde su apertura.


El lenguaje y la exclusión rara vez se presentan de forma independiente.


Los conceptos moldean la percepción.

Las narrativas generan un sentido de pertenencia.

Y aquello que se repite con suficiente frecuencia deja, en algún momento, de parecer solo una posición — para convertirse en realidad.


No necesariamente por engaño intencionado.


A veces las personas también lo hacen para soportar contradicciones, conservar cierta orientación o crear una estabilidad interior.


Los sistemas también, a menudo.


Y es ahí donde suele surgir una nueva forma de división social.


No visible como antes.

Sin muros de hormigón.


Sino barreras lingüísticas.


Entre democrático y problemático.

Entre solidario y peligroso.


Las personas hablan con más cautela.

O dejan de hacerlo.


No necesariamente por convicción.

Sino porque el lenguaje determina cada vez más quién pertenece a qué lugar.


Sin embargo, el lenguaje no solo transforma la sociedad de forma negativa.


Los nuevos términos también pueden hacer visibles a personas y experiencias que durante mucho tiempo no tuvieron lugar. Pueden ofrecer protección. Orientación.


Probablemente, el reto de las sociedades abiertas radica precisamente en eso:

El lenguaje puede cambiar, sin perder por ello el espacio para diferentes percepciones.


Así funciona en la realidad. Y es precisamente aquí donde a menudo empieza el problema.


Quizás la apertura democrática no comience allí donde todos hablan el mismo lenguaje.

Sino allí donde las personas son capaces de aceptar que la realidad pueda percibirse de manera diferente, sin excluirse mutuamente de inmediato del entorno común.


Porque toda sociedad crea narrativas sobre sí misma.


Quizá la pregunta clave no sea si surgen esas narrativas, sino:

hasta qué punto una sociedad es capaz de abordarlas con franqueza.



Sobre la autora

Anja Witter se dedica a analizar cómo funcionan los sistemas en la realidad y dónde se encuentran sus debilidades estructurales.


Su perspectiva se basa en más de dos décadas de experiencia práctica en la interacción entre Estado, sociedad y economía, especialmente entre Alemania y España, marcada por observaciones y experiencias tanto en el ámbito empresarial como en contextos sociales y familiares.


El foco está en cómo estas dinámicas impactan en las personas, las organizaciones y las estructuras sociales.




Nota de género: por razones de legibilidad, en este artículo se utiliza el masculino para los nombres y sustantivos personales. Los términos correspondientes se aplican a todos los géneros en aras de la igualdad de trato. La forma abreviada se utiliza únicamente por motivos editoriales y no implica juicio alguno.


Fuentes de imagen:

  • Foto (título): Designed by Magnific (antes Freepik)


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